Que extraña era la tarde y el aroma de las flores,
desde el río llegaba una bruma azul,
o eran tus ojos que sonreían, abarcando el aire
mientras las nubes trataban, de ocultar el sol.
Un canto de zorzal,
fue la breve dicha,
anhelo infinito que se escurrió entre mis dedos,
fue como esos sueños que
dejan un detalle, un color,
pero no los recordamos al despertar.
Aquello que vivimos, evocación
que no puedo descifrar,
tal vez será mejor haberlo olvidado,
y que el viento lo lleve, al país
de los días perdidos,
que lo guarde bajo siete candados y arroje las llaves al mar.